Porque dependen de nosotros…

Comenzaba el día, toda la calle estaba iluminada y llena de gente que iba y venía de algún lugar. Los niños estudiaban en la mesa camilla junto a mí, susurraban por lo bajo debatiendo ejercicios de sus libros de estudio. Me detuve en mirarlos, ¡estaban tan bonitos!, con sus caras recién lavadas y sus rostros rosados de primera hora de la mañana. El día había comenzado con fuerza para ellos y para mí, juntos re-calculábamos una y otra vez, proponíamos estrategias y metodologías distintas, y conforme pasaba la mañana el niño pequeño cambiaba de parecer a pasos agigantados. Fue cuando me di cuenta de que estaban creciendo, de que sus manitas eran más grandes conforme pasaban los segundos. Debía darme prisa y correr a través del espacio más rápido que ellos, a una velocidad de vértigo, casi como si me fuese la vida en ello. Su futuro y quizá el resto de sus pequeñas viditas estaba en mis manos, en estas manos que tan cansadas de escribir están, en estos codos rasgados del esfuerzo… en mí. ¿Y quién soy yo o quién me cree la vida para ponerme tal reto de frente?, ¿acaso yo soy una heroína o super nani que hace de los niños una especie diferente? ¿se convertirán estos enanos en la clase de persona que soy yo ahora?.

Sí, probablemente sí o cabe la diminuta posibilidad de que no. Porque estas personitas por suerte o desgracia son esponjas, se empapan de todo lo que oyen, palpan y ven a su alrededor. No obstante seguiré intentando cada día aportarles a su minúsculo/enorme coco valores de la vida, del mundo y porque no, del espacio y las estrellas. Sin duda iba a pasarme el resto de la mañana nombrándoles repetidas veces y eso no debía acelerarme u ofuscarme, sencillamente debía mantener el control.
Son cositas preciosas que la vida y no una cigüeña me dio, son mis manos y quizá mis pies, mi motor para levantarme y comerme el mundo, mi salida cuando todo está cerrado y mi puerta cuando hay que escapar. Pero… necesitan todo cuanto les pueda dar, así como un bebé es dependiente por completo de sus mayores, un niño de 8 años, 13, 14, etc. también lo es. Y no por ello me siento usada ni coartada, todo lo contrario.
Cuando crezcan y se hagan adultos valorarán todo cuanto se haya hecho por ellos, y es en ese instante y no en otro cuando entenderán lo difícil que fue y cuánto costó introducirlos en un espacio con peligros (‘el mundo’) y darles los materiales necesarios para afrontarlos sin miedo.

bebes, acera, blanco y negro 169795

 

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